No te preguntes por qué, sino para qué

No te preguntes por qué, sino para qué

En la experiencia humana, el sufrimiento, la pérdida, el fracaso y la incertidumbre suelen activar una pregunta casi automática: ¿por qué me ocurre esto? Esta pregunta, aunque legítima, tiende a anclar la mente en el pasado, en la causalidad y, muchas veces, en la victimización. Frente a ella, surge una formulación más transformadora: ¿para qué me ocurre esto? El “para qué” desplaza el eje desde la causa hacia el sentido, desde el hecho hacia el aprendizaje, desde la pasividad hacia la conciencia.

Lo trascendente de preguntarnos el ‘¿para qué…?

“El preguntarnos ‘¿para qué…?’, en lugar de ‘¿Por qué…?’, puede ayudarnos a tomar conciencia de nuestras acciones, revisarlas y modificarlas. Así, optando por la primera opción estaremos en disposición de aprovechar las oportunidades que sí se nos brinden. ‘¿Para qué…?’ es una pregunta que muchas veces no nos hacemos, cuando sí sería oportuna. Cuando en nuestra vida surgen problemas o adversidades que nos impiden avanzar con fluidez, con frecuencia pensamos que es injusto y nos posicionamos en el rol de víctimas. En este contexto, nos solemos preguntar “¿Por qué a mí?”

Con base a esa pregunta que contamina el resto de pensamientos, nos respondemos: ‘Yo soy buena persona, no me lo merezco, siempre hago el bien por los demás, ¡es injusto!’ Con este tipo de pregunta -por qué- y sus consiguientes respuestas, poco podemos solucionar. De hecho, el único resultado que obtenemos es que nos anclan en la rumiación* y en una espiral de pensamientos y emociones que terminan por desgastarnos. Quizás es más beneficioso cambiar dicha pregunta y empezar a hacerse otra bien distinta: ‘¿Para qué me pasa esto?’ Normalmente, los contratiempos vitales suman a nuestro bienestar cuando los tomamos como una oportunidad de aprender, cuando elegimos/decidimos darles ese sentido.

*”La rumiación mental es un proceso cognitivo caracterizado por pensamientos repetitivos, intrusivos y pasivos sobre problemas, angustias o experiencias negativas pasadas, sin buscar soluciones activas. Actúa como un ciclo negativo que mantiene o agrava la ansiedad y la depresión, dificultando la concentración y provocando fatiga emocional. Se centra en el ‘¿por qué?’ de los problemas, las causas y consecuencias, el malestar emocional y la autoevaluación negativa.” (“ADIPA. ¿Qué es la rumiación mental?”).

¿Para qué se me está poniendo este obstáculo la vida?

Cuando nos preguntamos para qué, pasamos de ser víctimas a ser aprendices. El ‘¿por qué…?’, como hemos dicho, no nos hace avanzar ni aprender. Sin embargo, el ¿para qué…? nos permite recuperar el control, posicionarnos, recuperar el papel protagonista de nuestras decisiones, reconocer nuestra libertad por estrecho que sea el margen.

Imaginemos una persona que de forma recurrente ha fracasado en el ámbito laboral. Tiene estudios, una gran capacidad cognitiva y recursos que podrían haberle llevado al éxito en esta área vital. Sin embargo, se encuentra en casa y sin trabajo desde hace tiempo. La persona podría preguntarse ‘¿Por qué yo? Yo que tanto he estudiado, me he esforzado y que soy inteligente’. ‘Otros que no lo son tanto, trabajan en puestos de importancia. ¿Por qué nadie me llama?’ Con este planteamiento, lo más probable es que la persona se termine ahogando en una espiral sin salida: las respuestas a esas preguntas no llegarán.

En una actitud diferente, la misma persona podría empezar a preguntarse ‘¿Para qué puedo utilizar esta dificultad?’. Para adquirir estrategias de búsqueda más inteligente, para seguir formándome, para pasar más tiempo con mi familia, para viajar… De esta manera, nos pondremos a favor de la corriente;, dispuestos a buscar y aprovechar oportunidades. Con este tipo de pregunta – ‘¿Para qué…?’- impediremos que el timón de nuestras vidas se quede por completo en manos de la inercia y las circunstancias. Además, lo cierto es que muchas de estas adversidades ocurren debido a la conocida ‘profecía autocumplida’. Si pensamos que la fortuna no nos ayudará, que hemos sido elegidos para ser los portadores de la mala suerte, lo más probable es que con nuestros actos nos hagamos merecedores de ella.

¿Qué está bajo mi control?

Formulando la pregunta de ‘¿Para qué…?’, no nos desharemos de la responsabilidad sobre lo que nos ocurre, incluso teniendo en cuenta que existen infinidad de acontecimientos que se escapan a nuestro control. Así, en cualquier momento tengo la posibilidad de generar un cambio. En nuestro ejemplo, esta persona podría dejar de buscar el trabajo perfecto, empezando por uno que no cumpla del todo sus expectativas. A veces dar el primer paso puede ser lo más difícil, pero es el único que nos lleva hacia la meta. Conocer qué acciones pueden llevarme en un futuro a estar en el lugar que aspiro es fundamental para empezar la transformación. Si hoy existe algo que sí está bajo tu control y puedes empezar a tomar acción en ese sentido, ¡hazlo!” (“La Mente es Maravillosa. En lugar de preguntarte por qué te pasan las cosas, pregúntate para qué”).

Va de cuento.

“Erase una vez un rey que habiendo conocido la existencia de un sabio lo mandó traer para que fuera su consejero. Comenzó a llevarlo siempre a su lado, consultándole cada acontecimiento de importancia en el reino. El consejo del sabio era siempre el mismo: ‘Todo lo que sucede es siempre para bien’. No pasó mucho tiempo antes de que el rey se cansara de oír lo mismo una y otra vez.

El rey amaba cazar y un día, accidentalmente, se disparó un tiro en un pie. Presa del dolor, se volvió hacia el consejero para pedirle su opinión, y éste respondió lo mismo: ‘Todo lo que sucede es siempre para bien’. Entonces se sumó la rabia del rey a su dolor, y ordenó que su consejero fuera llevado a la prisión.

Esa noche, el rey fue allí para verlo y le preguntó qué sentía por estar en la cárcel. Éste respondió como siempre: ‘Todo lo que pasa es siempre para bien’. Se enfureció aún más el monarca y dejó al sabio en la prisión.

Un mes más tarde salió el rey otra vez de cacería, y fue capturado por una tribu hostil. Los nativos lo llevaron al pueblo para sacrificarlo a sus dioses, pero al día siguiente, cuando lo iban a sacrificar, lo inspeccionaron y descubrieron la cicatriz en su pie; tuvieron que rechazarlo para el sacrificio. Cuando lo soltaron se fue veloz  para su reino, captando por fin lo que le decía su consejero: ‘Todo lo que sucede es siempre para bien’.

El rey llegó a liberar al consejero, quien al oír sus aventuras le señaló: ‘Estuvo bien haberme encarcelado porque yo siempre estaba a tu lado y no tengo imperfección alguna. Me hubieran sacrificado a mí en tu lugar’.” (“El Tiempo. No te preguntes por qué sino para qué”).

Una reflexión muy significativa, tomada de las redes sociales.

“Durante mucho tiempo me pregunté por qué…

¿Por qué a mí?

¿Por qué tanto dolor?

¿Por qué perder, caer, romperme?

Hasta que un día, suave pero firme, llegó otra pregunta: ¿para qué? … Y ahí todo empezó a cobrar sentido:

  • Para quererme, cuando antes me abandoné.
  • Para valorarme, cuando olvidé mi propio brillo.
  • Para cuidarme, cuando puse a otros primero.
  • Para escucharme, cuando mi voz fue silenciada.
  • Para aprender a decir que no, sin culpa.
  • Para poner límites, sin miedo.
  • Para elegir la paz, incluso si eso significa soltar.

Para sanar no solo por mí, sino para acompañar a otros desde la empatía, no desde la herida. Para transformar el dolor en conciencia, la caída en fuerza, la pérdida en dirección. Hoy entiendo que no todo vino a destruirme. Muchas cosas vinieron a despertarme. Y el ‘para qué’ más importante de todos, es este encuentro conmigo misma, donde por fin me elijo, me respeto y me amo.” (“Facebook. Perfil de Roselia Cancino”).

El “para qué” como lección de vida.

Preguntarse “para qué” implica asumir que toda experiencia —agradable o dolorosa— contiene un potencial pedagógico. No se trata de justificar el dolor, sino de rescatar el sentido oculto que puede emerger de él. Desde esta visión, la vida no es una sucesión aleatoria de eventos, sino de una transformación profunda, de renacimiento, en el que cada experiencia cumple una función formativa: fortalecer, depurar, revelar o transformar. El “para qué”, ayuda en:

  • Convertir el error en aprendizaje.
  • Transformar la crisis en umbral.
  • Convertir el sufrimiento en conciencia.

Esta actitud no elimina el dolor, pero sí le otorga dirección. El neurólogo, psiquiatra y filósofo austríaco Viktor Frankl, sobreviviente de los campos de concentración nazis y a raíz de esas experiencias fundó la Logoterapia, escribió: “Explicaré por qué empleo el término «logoterapia» para designar mi teoría. Logos es una palabra griega que denota «sentido», «significado» o «propósito». La logoterapia, se centra en el sentido de la existencia humana y en la búsqueda de ese sentido por parte del hombre. De acuerdo con la logoterapia, la primera fuerza motivadora del hombre es la lucha por encontrar un sentido a su vida. Por eso aludo a la voluntad de sentido, en contraste tanto con el principio de placer (o voluntad de placer) del psicoanálisis freudiano, como con la voluntad de poder que enfatiza la psicología de Alfred Adler. En el hombre, la búsqueda del sentido de su vida constituye una fuerza primaria, no una «racionalización secundaria» de sus impulsos instintivos. Este sentido es único y específico, en cuanto es uno mismo quien tiene que encontrarlo; únicamente así logra el hombre un significado que satisfaga su voluntad de sentido.” (Pág. 85. “El hombre en busca de sentido”).

Nos detenemos en el pasado o nos enfilamos hacia el futuro.

Ante la pregunta por qué, lo más probable es que nos encontremos en un callejón sin salida; en cambio, si nos preguntamos para qué, sabremos que ese hecho, esa experiencia tuvo una finalidad: el aprender una lección vital, que transformará nuestra existencia en un acto consciente de aprendizaje y evolución. Es mover el enfoque de las causas pasadas, el “por qué”,  hacia la finalidad y el propósito futuro del “para qué”.

Eduardo Rafael Flores Zazueta

Mahesh

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