El Poder Mágico de la Oración

El Poder Mágico de la Oración

La oración o rezo, es una práctica espiritual fundamental en la mayoría de las religiones mediante la cual una persona se dirige a una divinidad, ser sagrado o fuerza superior. Sirve para establecer comunicación, comulgar con lo divino y expresar adoración, petición, intercesión o agradecimiento. El Maestre Serge Raynaud de la Ferrière, escribió: “Las oraciones son mantras o palabras de fuerza que tienen poder creador”. (Pág. 139. “Los Grandes Mensajes. Segundo Mensaje. Los Centros Iniciáticos”).

¿Por qué es Mágica la Oración?

La palabra magia, normalmente la asociamos con el mago de feria o de salón; es el ilusionista, el prestidigitador que destaca por su habilidad manual y técnica, para barajar, ocultar objetos pequeños o hacer aparecer artículos de la nada. En cambio, la verdadera Magia es una Ciencia Sagrada que necesita preparación, disciplina y profundos conocimientos de las fuerzas sutiles de la Naturaleza, para controlar y dirigir esas energías; con la finalidad  de obtener resultados tangibles y evidentes en este plano dimensional. H. P. Blavatsky, cofundadora de la “Sociedad Teosófica” en 1875, escribió: “Según Gabriel Devéria y otros orientalistas, ‘las naciones más antiguas, más cultas e ilustradas consideraban la Magia como una ciencia sagrada inseparable de la religión… La Magia es la ciencia de comunicarse con Potencias supremas y supramundanas y dirigirlas, así como de ejercer imperio sobre las de las esferas inferiores; es un conocimiento práctico de los misterios ocultos de la Naturaleza’.” (Págs. 466-467. “Glosario Teosófico. Magia”).

Diferencias entre la Oración y la Adoración.

La oración es el acto de comunicarse con Dios (hablar y escuchar), e incluye diversos propósitos como pedir ayuda, interceder o agradecer. La adoración, en cambio, es una expresión de reverencia y asombro que se centra exclusivamente en quién es Dios, reconociendo su grandeza sin pedir nada a cambio. Sus características y diferencias, son las siguientes:

  • Oración. Busca la voluntad de Dios y presentar nuestras necesidades. Se centra en la relación interactiva entre el ser humano y el Creador. Contiene peticiones, súplicas, confesiones y agradecimientos. Jesús el Cristo, sentenció: “Y todo lo que pidiereis en oración, creyendo, lo recibiréis”. (Mateo 21:22).
  • Adoración. Busca honrar la divinidad y la santidad de Dios. Se centra en Dios mismo y en su naturaleza. Consiste en alabanza, reconocimiento, asombro y entrega total. Jesús el Cristo, lo expreso de la siguiente manera: “Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad…”. (Juan 4:23).

La Ciencia perdida de la Oración.

El escritor, educador y conferencista estadounidense Gregg Braden, escribió: “Las antiguas tradiciones sugieren que el efecto de la oración procede de algo que no son las palabras en sí mismas. Quizás esta sea la razón por la que haya tanta gente que parezca haber perdido la fe en la oración. Tras las revisiones de la Biblia en el siglo IV, los detalles subyacentes al lenguaje de la oración se fueron perdiendo gradualmente en las tradiciones occidentales, dejando sólo las palabras. En esta era, muchos empezaron a creer que el poder de la oración residía sólo en la palabra hablada. Las revelaciones de los textos anteriores al siglo IV, sin embargo, nos recuerdan que no hay códigos mágicos en las vocales y las consonantes que nos abran las puertas a reinos olvidados. El secreto de la oración trasciende las palabras de alabanza, los encantamientos y los cantos rítmicos de los «poderes que son». Mediante textos como los manuscritos del mar Muerto, se nos invita a vivir la intención de nuestra oración en nuestras vidas, pues si las palabras sólo se «repiten con los labios, son como una colmena muerta… que no da más miel».

Expresar lo Inefable.

El poder de la oración reside en una fuerza que no se puede describir ni transmitir como la palabra escrita; son los sentimientos que sus palabras evocan en nuestro interior. Es el sentimiento que ponemos en nuestras oraciones, el que nos abre la puerta e ilumina nuestro camino hacia las fuerzas visibles e invisibles. A través de la comunión con los elementos de este mundo, se nos abren las puertas a los grandes misterios de la vida, a la oportunidad de «ver lo invisible, escuchar lo inaudible y expresar lo inefable». La oración en su forma más pura no tiene expresión externa. Aunque podamos pronunciar una secuencia de palabras prescrita que nos ha sido transmitida de generación en generación, esta ha de originar un sentimiento dentro de nosotros, para que llegue al mundo que nos rodea. En el mejor de los casos, cualesquiera que sean las palabras que escojamos para recitar nuestras oraciones en voz alta, sólo serán una aproximación al sentimiento interior que intentan describir.

Reconocemos el poder de nuestra «tecnología interna» y damos por hecho que nuestra petición ya se ha cumplido; la paz y el cambio positivo ya están aquí. Nuestra oración consiste ahora en:

a) Reconocer lo que hemos elegido,

b) sentir que ya se ha cumplido,

c) dar gracias por tener la oportunidad de elegir, y al hacerlo infundimos vida en nuestra elección.

Las últimas traducciones de los textos arameos originales ofrecen nuevas visiones de por qué las referencias a la oración han sido tan ambiguas en el pasado. Los manuscritos del siglo XII revelan el grado de las libertades que se tomaron para condensar la estructura de las frases y simplificar su significado. Quizás una de las referencias más evidentes, y al mismo tiempo sutil, sea una oración que se ha enseñado durante varias generaciones a los estudiantes de teología y a los alumnos del catecismo dominical. Este fragmento de nuestro método de oración olvidado nos invita a «pedir» el beneficio de nuestra oración; como en nuestra conocida admonición «pedid y recibiréis». La comparación del texto arameo ampliado con la versión bíblica moderna de la oración nos ofrece poderosas revelaciones sobre las posibilidades de esta tecnología perdida.

La versión moderna condensada: ‘De cierto, de cierto os digo, que todo cuanto pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará. Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido’. (Juan 16:23-24).

La versión original, vuelta a traducir del arameo: ‘Todo aquello que pidas directa y abiertamente en mi nombre, te será concedido. Hasta ahora no lo has hecho. Pide sin un motivo oculto y serás rodeado por la respuesta. Déjate envolver por lo que deseas, que tu júbilo sea completo’.

A través de las palabras de otros tiempos, se nos invita a acoger nuestro olvidado método de oración como una conciencia que nosotros encarnamos, en lugar de una forma prescrita de acción que realizamos para tal efecto. Al invitarnos a estar «rodeados» por nuestra respuesta y «envueltos» por lo que deseamos, este antiguo pasaje hace hincapié en el poder de nuestros sentimientos. En nuestro lenguaje actual, esta elocuente frase nos recuerda que para crear nuestro mundo, en primer lugar hemos de tener los sentimientos de que nuestra creación ya se ha realizado. Nuestras oraciones se convierten entonces en una acción de gracias por lo que hemos creado, en lugar de ser peticiones de lo que queremos que suceda.

  • Las palabras expresan una intención.
  • Los pensamientos dirigen la atención.
  • Las emociones transmiten el mensaje.

La gratitud, el amor, la compasión y la paz son estados que fortalecen la oración.” (Págs. 123-124; 144-145. “El Efecto Isaías”).

¿Existen los milagros?

Cuando una enfermedad grave o crónica desaparece, médicamente la denominan “remisión espontánea”, también llamada “curación espontánea” o “regresión espontánea”. Esta descripción, especialmente la aplican en la desaparición espontánea de los tumores cancerosos. “Es la disminución o desaparición temporal o permanente de los signos y síntomas de una enfermedad sin recibir ningún tratamiento médico formal (o tras un tratamiento fallido). Aunque el término se usa ampliamente en medicina, es especialmente conocido en oncología cuando los tumores desaparecen por sí solos.” (“Wikipedia. Remisión espontánea”). Se le da una posible explicación fisiológica, pero la pregunta que le deben de hacer al paciente es, ¿qué hizo después del diagnóstico y tratamiento establecido?, porque pudo seguir un tratamiento alternativo, o en oración con profunda fe pidió su curación; inconscientemente cumplió con los requisitos anteriormente descritos y se le concedió.

Con relación a los milagros, el gran cirujano y biólogo francés Alexis Carrel, desarrolló la mayor parte de su carrera científica en Estados Unidos y fue galardonado con el “Premio Nobel de Fisiología o Medicina” en 1912, por sus técnicas pioneras de sutura vascular, escribió en su magnífica obra, “La Incógnita del Hombre. El Hombre, ese desconocido”. “Ciertas actividades espirituales pueden acompañarse de modificaciones, ya anatómicas, ya funcionales de los tejidos y de los órganos. Se observan estos fenómenos orgánicos en las más variadas circunstancias, entre las cuales se encuentra el estado de plegaria. Es preciso entender por plegaria, no la sencilla recitación maquinal de una fórmula sino una elevación mística, en que la conciencia se absorbe en la contemplación del principio inmanente y trascendental del mundo. Este estado psicológico no es intelectual. Es incomprensible para los filósofos y los hombres de ciencia, e inaccesible para ellos. Pero se diría que los simples pueden sentir a Dios con la facilidad con que sienten el calor del sol o la bondad de un amigo. La plegaria que se acompaña con efectos orgánicos presenta ciertos caracteres particulares. Primeramente, es desinteresada en absoluto. El hombre se ofrece a Dios corno la tela al pintor o el mármol al escultor. Al mismo tiempo le pide gracia, le expone sus necesidades y, sobre todo, las de sus semejantes. Por lo general, no sana el que ora por sí mismo; sana el que ora por los demás. Este tipo de plegaria exige, como previa condición, el renunciamiento de si mismo, o sea una forma, muy elevada del ascetismo. Los modestos, los ignorantes, los pobres, son más capaces de este abandono que los ricos y los intelectuales. Desde este punto de vista, la plegaria desencadena a veces un extraño fenómeno, el milagro.

En todos los países, en todas las épocas, se ha creído en la existencia de milagros, en la, curación más o menos rápida de los enfermos, en los sitios de peregrinaje, en ciertos santuarios. Pero a continuación del fuerte impulso de la ciencia, durante el siglo XlX, esta creencia desapareció por completo. Se admitió en general que el milagro no sólo no existía sino que no podía existir. Lo mismo que las leyes de la termodinámica hacen imposible el movimiento perpetuo, las leyes fisiológicas se oponen al milagro. Esta actitud es todavía la que toman la mayor parte de los fisiólogos y de los médicos. Sin embargo, no tiene en cuenta las observaciones que poseemos hoy. Los casos más importantes han sido recogidos por el ‘Bureau Medical de Lourdes’.

Nuestra concepción actual de la influencia de la plegaria sobre los estados patológicos se encuentra, basada sobre la observación de los enfermos, que, casi instantáneamente, han sido curados de diversas afecciones tales como la tuberculosis ósea o peritoneal, abscesos fríos, heridas supurantes, lupus, cáncer, etc. El proceso de curación cambia poco de un individuo a otro. A menudo un gran dolor y en seguida el sentimiento repentino de la curación completa. En algunos segundos, en algunos minutos y, a lo más en algunas horas, las heridas se cicatrizan, desaparecen los síntomas generales y el apetito retorna. A veces, los desórdenes funcionales se desvanecen antes que la lesión anatómica. Las deformaciones óseas del mal de Pott. Los ganglios cancerosos persisten a menudo dos o tres días después del momento de la curación. El milagro se caracteriza sobre todo por una aceleración extrema de los procesos de reparación orgánica. Es indudable que el ritmo de la cicatrización de las lesiones anatómicas es mucho más elevado que el ritmo normal. La única condición indispensable para que el fenómeno acontezca es la plegaria. Pero no es necesario que el propio enfermo ore, o que sea él quien posea la fe religiosa. Basta que alguien a su lado se mantenga en estado de plegaria*. Hechos tales son de alta significación. Manifiestan la realidad de ciertas relaciones, de naturaleza aún, desconocida, entre los procesos psicológicos y orgánicos. Dan prueba de la importancia objetiva de las actividades espirituales de las cuales los higienistas, los médicos, los educadores, y los sociólogos no han pensado en ocuparse jamás. Nos abren un mundo nuevo.” (Págs. 68-69. Op. cit.).

*Es requisito indispensable que el enfermo también tenga fe; quizás no con la misma seguridad e intensidad de las otras personas que le asisten, pero sí necesita tener fe. Tal y como Jesús el Cristo sanaba a los enfermos: “Pero Jesús, volviéndose y mirándola, dijo: Ten ánimo, hija; tu fe te ha salvado. Y la mujer fue salva desde aquella hora.” (Mateo 9:22); “¿Quién es este, que también perdona pecados? Pero él dijo a la mujer: Tu fe te ha salvado, ve en paz.” (Lucas 7:49-50), etc. Siempre enfatizaba la fe de los enfermos, como requisito indispensable para su sanación. La fe eleva la frecuencia energética de las personas.

Respecto a los milagros, la mística y escritora rusa H. P. Blavatsky, escribió: “Los que se llaman ‘milagros’, no son hechos que están por encima de las fuerzas de la Naturaleza, sino simplemente efectos o manifestaciones de la Ley que están por encima de nuestro saber y comprensión actuales. Enseña, pues, la Teosofía que no existe ni puede existir el milagro, y que negar un hecho porque nos parezca extraordinario, o declararlo imposible a priori, es una simple prueba de ignorancia. Todo cuanto sucede es resultado de la Ley eterna e inmutable, y muchos hay que ignoran que hay leyes, en otro tiempo conocidas y ahora desconocidas de la ciencia oficial.” (Pág. 521. “Glosario Teosófico. Milagro”).

Una Experiencia Personal.

Allá por el año de 1974, cuando yo tenía 18 años de edad y cursaba el tercer año de Preparatoria, asistía regularmente a la “Logia Quetzalcóatl”, en la Ciudad de México; perteneciente a la “Antigua y Mística Orden Rosa Cruz” (A.M.O.R.C.). En esa época, a mi mamá (q.e.p.d.) le detectaron un tumor en el seno derecho. Ella estaba realmente espantada y gritaba desesperada que no se quería morir. Un buen día me dijo, que ese tumor le había aparecido por mi culpa; por practicar cosas que no aceptaba la Iglesia Católica. Me empecé a sentir muy mal, porque no quería que se muriera por mi culpa. A raíz de esto, le pedí a Dios con mucha devoción y fe, que sanara a mi mamá para que no se muriera y que yo muriera en su lugar. En la semana posterior de esta ferviente súplica, el Dr. Manuel Guadarrama (q.e.p.d.) la examinó y resultó que el dichoso tumor, ¡había desaparecido!

La Oración como un Poder Transformador.

La ya mencionada Madame Blavatsky, escribió: “La palabra ‘oración’, además del significado que generalmente se le da de ruego o petición, significaba principalmente en otro tiempo invocación o encanto. El mantra, o sea la oración rítmica cantada de los brahmanes, tiene precisamente este sentido. Para el teósofo y el ocultista, la oración no es una súplica o una petición; es más bien un misterio, un proceso oculto mediante el cual los pensamientos y deseos finitos y condicionados se transforman en voliciones espirituales y en voluntad. Tal proceso se denomina ‘transmutación espiritual’. La intensidad, la vehemencia de nuestras ardientes aspiraciones, cambian la plegaria en ‘piedra filosofal’, que transmuta el plomo en oro. Nuestra ‘oración de voluntad’ se convierte en fuerza activa y creadora, que produce efectos de acuerdo con nuestros deseos. El poder de la voluntad se convierte en un poder viviente.” (Pág. 619. “Glosario Teosófico. Oración”).

Convertirnos en la Realidad que Deseamos Experimentar.

La oración más profunda no consiste en pedir que la realidad cambie, sino en convertirnos interiormente en la realidad que deseamos experimentar. Cuando pensamiento, emoción y gratitud están alineados, vivimos desde un estado de coherencia que, según Gregg Braden, favorece la transformación personal y nuestra relación con el mundo. Así nos lo confirma el filósofo y teólogo danés Søren Kierkegaard: “La función de la oración no es influir en Dios, sino cambiar la naturaleza de quien ora”.

Eduardo Rafael Flores Zazueta

Mahesh

Un comentario en "El Poder Mágico de la Oración"

  1. Muy bello , sublimacionhttps e y hermosa con gran toque de sabiduría personal vivida,felicidades por su articulo tal profesional .Gracias.

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